De la Torre dice que los medios deben estar contentos

Contentos

06 Junio 2010

La Revista, El Nuevo Día, p. 8

Por: Mayra Montero

Tendría que hacerse una declaración conjunta de los medios, asociaciones periodísticas e instituciones relacionadas, para poner los puntos sobre las íes y explicarles a algunos políticos ciertas nociones elementales sobre esta profesión. Porque el que calla otorga. Y en este caso llevamos mucho tiempo callando cada vez que un político, con su sonrisita, nos advierte que no lo critiquemos cuando pautan anuncios con dinero público, pues el dinero va al periódico, a la radio o la televisión. Por lo tanto, indirectamente, a los empleados. Qué mezquindad, y qué manera de intentar rebajarnos.

Pagan a los medios, sí, por un servicio que el medio les provee. Pero eso no les da derecho a comprar a los periodistas ni a pretender que dejen de cuestionar el despilfarro, la mentira o la estupidez. Porque hasta ahí podríamos llegar.

Hace algún tiempo, creo que fue el Presidente del Senado, quien refiriéndose a un folleto o anuncio que había pautado en los medios, exigía a los periodistas que no le cuestionaran el gasto, puesto que le estaba dejando dinero a sus empresas respectivas.

Hace una semana, en el Canal 11, cuando le preguntaron al Presidente de la Universidad sobre el alto costo de los anuncios que su administración pautaba, el hombre dijo:

“Yo creo que es una cifra muy muy muy poca, comparado con los cuatro millones que se pierden diariamente en la Universidad por culpa de este paro estudiantil. Además yo creo que si alguien se queja de ese gasto, pues no deberían ser los medios, porque ese dinero adonde va es a los medios… (risas), de manera que ustedes deberían estar contentos”.

Contentísimos. Es más, métase la mano en el bolsillo, tírenos unas monedas, y a lo mejor saltamos como monos.

Bajo esa premisa, cualquiera podría callar a un periodista. Viene Junior Cápsula y compra tres millones en anuncios, y cuando por fin lo atrapan y el reportero va a preguntarle alguna cosa, Cápsula lo para en seco: “Usted ni abra la boca, ni siquiera me mire, que estoy dejándole tres millones a su periódico”.

En ningún país civilizado, con medios de comunicación de peso (nos guste o no nos guste la línea editorial, sea más liberal o más conservadora) se atreve nadie a decirle algo semejante a un periodista. Imagínense a un reportero del New York Times entrevistando a un congresista o a un funcionario del Departamento de Salud, al que de pronto le cuestiona un anuncio, y entonces el entrevistado opone: “Ah, ese dinero fue al New York Times, así que ni me toque el tema”. ¿Esa es forma de contestarle a un profesional que tiene el deber de sacar hasta la última gota de información y transmitirla a los lectores, a los oyentes o televidentes?

Es ofensivo. Y es eminentemente peligroso. Porque eso queda; esa absurda pretensión que flota sobre las cabecitas huecas: comprando anuncios del periódico, el reportero no tiene derecho a cuestionarte nada. Aunque sea dinero público, que paradójicamente sale del bolsillo del propio reportero.

Si desde ahora no aclaramos el punto -que cobra fuerza, porque no hay nada más fácil que ir machacando y repitiendo la infamia- los demás políticos, el resto de los funcionarios, que tienen dos orejas perfectamente alertas y que recogen todas esas ideas peregrinas, pueden llegar a abrigar la esperanza de que la prensa es eso. La información es eso. El periodista, un simple monigote.

Es una falta de respeto, de mundo, de información social y de lecturas. Pero en el fondo tampoco puedo conceder tanta ignorancia. Al contrario. En algunos casos se hace deliberadamente, ejerciendo un poquito de presión a ver hasta dónde aguantamos; qué insinuación, más o menos indigna, somos capaces de tolerar. “Ese dinero va a a los medios… ustedes deberían estar contentos”. Y nos mordemos la lengua porque nos está diciendo que tenemos precio. Precio y cagaleras; terror a que por preguntar y hacer nuestro trabajo lo paguemos caro, ¿es eso o me equivoco?

Total, que los anuncios son flojísimos, penosos casi. El martes pasado, sin embargo, hubo uno cómico. Lo encabezaba una frase caduca, vapuleada, trillada y catarrienta, que es la siguiente: Libertad o libertinaje (faltaban los signos de interrogación). Más abajo instaba a los estudiantes a que se quedaran quietos: “¡Deben estar tranquilos!”. Y a continuación había una retahíla de amenazas veladas. El mensaje en general podía resumirse así: “Tranquilos, que están to’os presos”.

Pero quisiera terminar con una frase que se pronunció hace poco en el marco de un encuentro entre los periodistas Jon Lee Anderson y Juan Luis Cebrián. Al cerrar el debate sobre el futuro del periodismo, dijo Cebrián:

“El problema no es si vamos a existir, es cómo servir para interpretar la realidad y para que se sepa lo que el poder no quiere que se sepa”.

Deberíamos estar contentos, por supuesto que sí. Podríamos estarlo más. Pero que quede claro que lo que nos da verdadera contentura es preguntar lo que ellos no quieren que les preguntemos.

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