Estudiantina por Ana Lydia Vega

Ana Lydia Vega

El Nuevo Día

06 Junio 2010

Estudiantina

La huelga universitaria de 2010 me ha cucado la onda retrospectiva

La huelga universitaria de 2010 me ha cucado la onda retrospectiva. La cámara mental proyecta escenas de otros tiempos convulsos. Recuerdos y emociones se levantan.

De estudiante, presencié las luchas contra la Guerra de Vietnam, el servicio militar obligatorio y la permanencia del ROTC en el campus de la Universidad de Puerto Rico. A esas causas, que entonces convocaban vigorosamente a la juventud, se unía la denuncia del colonialismo, de la desigualdad social y de la persecución política.

Luego viajé a Francia para cursar estudios posgraduados. Allí pude alcanzar las secuelas de otro movimiento contestatario juvenil: el legendario Mayo del ’68. Desde las viejas paredes urbanas, palabras cargadas de poesía cuestionaban la moral dominante: “prohibido prohibir”, “la imaginación al poder”, “bajo los adoquines, la playa”, “seamos realistas, pidamos lo imposible”…

Al regreso, como profesora de la Facultad de Humanidades, participé en numerosas manifestaciones a favor de los derechos de estudiantes y trabajadores. Y experimenté el desamparo de un personal docente atrapado entre la espada y la pared, sin reconocimiento oficial de su capacidad negociadora, atenido a los logros de otros sindicatos.

La UPR es mi vecina hace tres décadas. Vivo en Santa Rita, barrio del eterno retorno estudiantil en cuyos caserones parcelados sólo permanecen más de dos semestres los resistentes de la fuga a las urbanizaciones, los sobrevivientes del Canal de la Mona y los profesores románticos. Residir en Río Piedras me ha permitido compartir momentos menos formales de la actividad universitaria, incidencias cotidianas que ocurren tras bastidores.

Más allá de las clases, los salones y los pasillos, el ambiente estudiantil se infiltra en mi pequeño universo doméstico. A la sala de mi casa entra a veces, escoltada por el viento, una banda sonora cargada de impulsos vitales: risas de pupilos, fanfarria de radios, alarmas de carro, ensayos musicales, retumbes piqueteros, zumbidos de helicóptero, consignas coreadas…

Los sonidos surgen cuando menos se esperan o cuando menos se necesitan. Aun así, la zambumbia auditiva llega a echarse de menos durante los recesos académicos. En esos períodos de calma, sólo las campanadas solemnes del carrillón siguen evocando el entrañable vínculo sensorial que liga mi espacio íntimo al de la Universidad.

A través de la historia, los gestos reivindicativos de los estudiantes han probado ser más instructivos que muchos de sus cursos aprobados. Asambleas caldeadas y paros bullangueros, conferencias de prensa y campamentos creativos, pasquinadas nocturnas y conciertos amanecidos, arengas de barricada y corricorres callejeros han propiciado el desarrollo de la conciencia crítica y afinado la sensibilidad solidaria de los futuros profesionales puertorriqueños.

Cada vez que el País se ha encarrilado por la ruta de la resignación, los universitarios han dado el grito de alerta. Eso tiene su valor, y también su precio. Desde la huelga de 1948 hasta el presente, generaciones de estudiantes han sentado cátedra de dignidad a fuerza de enormes sacrificios. Liderato y seguidores han padecido expulsiones, palizas, carpeteo, cárcel. Muchos se han visto obligados a emigrar a fin de conseguir sus diplomas. A todos los ha marcado el estigma que acompaña al ejercicio activo de la disidencia.

En ocasiones, trágicamente inolvidables, ha corrido la sangre. El destino de Antonia Martínez -asomada al balcón de su hospedaje y asesinada por el balazo de un policía el 4 de marzo de 1970- es prueba incontestable del peligro encarado por aquellos que se atreven a romper el cerco de la pasividad. Por algo la bellísima canción de El Topo ha elevado la figura de Antonia al rango de símbolo combativo.

La justicia de sus reclamos y la sensatez de sus posturas le han ganado a la huelga de 2010 unas simpatías muy amplias. Irritan e indignan los insultos lanzados contra los estudiantes por miembros del partido gobernante. La seriedad con que los huelguistas se han enfrentado al desastre educativo que frustra y margina a tantos jóvenes boricuas merece, si no un decidido apoyo, al menos un mínimo de respeto.

Quien cierra sus oídos a la voz de la juventud se hunde en el estancamiento. Quien da la espalda a sus propuestas se aísla de sus fuerzas renovadoras. Privada de ese flujo energético esencial, empeñada en la defensa sorda de un presente que el día siguiente transformará en pasado, la sociedad entera decae y languidece.

Y, sin embargo, es sencillo. La vida no se somete al miedo ni se reduce a la costumbre. Hay que abrir las ventanas y escuchar los acordes de la estudiantina que viene con la brisa de la mañana.

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